El tiempo pasó así, como la gasa en cuna de bebé, como si desde siempre hubiera estado escrito que así sucedería. Lo mejor es que así ha sucedido siempre, sólo el escenario cambia, esta vez el sótano de una cafetería con olor a humedad fue el destino al que llegamos después de que ella recorriera unos cuantos miles de kilómetros para poder platicarme una aventura parisina qu
e no estaba en los planes de nadie y yo recorriera doscientos sentimientos con sus doscientas conclusiones para poder escucharla con los oídos tranquilos y con la atinada música que le servía de telón de fondo a la narración de las aventuras de un circo ambulante al que no le alcanzan las miras para distinguir que por fin se salieron de sus pistas; qué desperdicio encontrar nuevos ingredientes para comer las cosas de la misma manera, pero hay que aceptarlo, no se puede vivir sin esa poca de sal.
e no estaba en los planes de nadie y yo recorriera doscientos sentimientos con sus doscientas conclusiones para poder escucharla con los oídos tranquilos y con la atinada música que le servía de telón de fondo a la narración de las aventuras de un circo ambulante al que no le alcanzan las miras para distinguir que por fin se salieron de sus pistas; qué desperdicio encontrar nuevos ingredientes para comer las cosas de la misma manera, pero hay que aceptarlo, no se puede vivir sin esa poca de sal.Sin importar cómo se comercialice el tiempo, esta es la única manera de aceptar un tiempo compartido: ella sus palabras, yo mi atención, ella su té y yo el mío.
Esta vez no pusimos ideas a discusión, esta vez no aprendimos uno del otro, sin embargo esta vez salí sabiendo más que en muchas otras ocasiones: ahora sé que París siempre está ahí, esperando a ser vista con nuevos ojos.
Me fui a casa con una naranja en la mano y sé aún sin exprimirla que tiene el jugo más dulce. Para vivir hay que invertirle tiempo.